El legendario Phil, el asesino (Parte 1)

1

Solo se escuchaban unos pasos por las calles de la ciudadela a aquellas horas del atardecer. La gente, después de escuchar que Phill “el asesino” había vuelto, intentaba evitar las horas oscuras de la ciudadela.

Tras los calmados pasos, unos más rápidos resonaron entre las paredes de las casas, alguien corría en su dirección y, cuando se detuvo, dijo:

—Espere.

El hombre se detuvo.

—¿Phil “el asesino”?

El hombre se giró y vio a una chica de apenas unos veinte años armada con una espada, señalándole con la punta de la hoja. Sus ojos azules lo miraban con rabia. La incipiente luna iluminaba su cara blanca, descubierta gracias a que se había recogido el pelo en una cola. Vestía una camisa por dentro de unos tejanos altos, con los pantalones metidos por dentro de las botas, como todos los ganaderos de la zona.

Para sorpresa de ella, el hombre era mucho más joven de lo que se esperaba. No llegaría a la treintena, iba con la camisa por fuera, los tejanos oscuros gastados y cargaba con un saco en un hombro. Cualquiera hubiera dicho que no era más que un vagabundo pero, en su muslo izquierdo colgaba uno de los viejos revólveres que llevaban años prohibidos.

—Por fin le he encontrado —dijo la muchacha y, de repente, con un fuerte grito y con la espada preparada, se abalanzó sobre él.

El hombre la esquivó con un simple gesto. Las cosas que llevaba en el saco cayeron todas al suelo. En el ataque, la muchacha lo había cortado por abajo y ahora todo estaba desparramado. El pistolero, dándole la espalda a la muchacha, se agachó para recogerlo todo y ella lo tiró al suelo de un empujón.

—¿Es Phil “el asesino”? —dijo ella acercándose para verlo de cerca. Los ojos azules del pistolero la miraron y ella se sorprendió de la larga cicatriz sobre a la ceja que intentaba ocultar con la melena rubia—. Muchos dicen que mataba a varios hombres de un solo disparo.

—Oh, no —le contestó él—. Soy un viejo pistolero que va de aquí para allá.

El pistolero sacó el revolver y se lo enseñó.

—No tiene la marca real —dijo ella, mirando el cañón. Luego abrió el tambor y miró las balas—. ¿Pero qué es esto? No son balas de cristal.

—Es plomo, no sirve para matar —le mintió con una sonrisa—. ¿Cree que soy Phil “el asesino”?

Ella lo miró con cara de no entender la palabra “plomo”.

—Vaya con cuidado. Phil “el asesino” ronda por la ciudadela matando gente inocente—gritó ella, apuntándole sin darse cuenta—. Si va con este revólver podrían confundirle con él.

El pistolero, viéndose encañonado por una muchacha histérica, tragó saliva, rezando porque no le disparara sin querer.

—¡Déjeme decirle algo!—continuó ella— El rey Langdoc hace años que prohibió los revólveres.

De repente, se escuchó un gritó cercano.

Ella dijo algo, le tendió el revólver y, cuando el pistolero lo cogió, salió corriendo en dirección al grito.

2

El hombre que había gritado era un Guardia Real y reculaba con pasos cortos hacia atrás. Un hombre encapuchado, con un revólver de destello en su mano izquierda, le estaba apuntando. Solo podía verle la boca moverse cuando le hablaba. Dos guardias más vinieron y el encapuchado disparó dos certeros tiros. Los recién llegados cayeron y el único que quedaba en pie (el que había gritado) dio un gemido de sorpresa al ver su rapidez y puntería.

—¡Es Phil! —gritó una muchacha detrás de él.

Armada con una espada, saltó sobre el encapuchado. Un estallido y un destello salieron del revólver, mientras esquivaba el ataque de la muchacha. Ella se llevó la mano al brazo cuando empezó a sangrarle y el encapuchado volvió a disparar. La bala de cristal golpeó en la espada y la partió en dos. Por suerte para ella, la hoja e acero había desviado la bala, que se había incrustado en la pared.

El encapuchado se acercó, cargando el tambor con las cuatro balas que le faltaban y cogiéndolas de su cinturón con los dedos corazón y pulgar (no tenía índice en la mano derecha). Cuando acabó le apuntó a la chica y echó el percutor hacia a tras.

En ese momento, para sorpresa del encapuchado, alguien la cogió y la apartó del cañón del revólver.

Los ojos azules de la muchacha y del pistolero se volvieron a encontrar, mientras él la tenía sostenida en sus brazos.

—¿Usted? —dijo ella.

—No es muy apropiado enfrentarse con una espada contra un pistolero.

—Allí está —escucharon en la lejanía. Más Guardias Reales venían—. Es él.

Entonces, el encapuchado corrió hacia los guardias dando tiros al aire y gritando:

—¡Soy Phil “el asesino”!

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